Ya no creo en lo que veo,
nunca más en tus palabras,
ya no sé ni lo que siento,
sólo que mi vida aún no acaba.
La soledad, inmensa jaula,
tan libre, seca, muerta, enajenada,
salón, una eterna aula
donde lucho por seguir, ya derrotada.
Ya no creo en nada absolutamente,
no quedó nadie ni nada,
sólo yo que me consumo lentamente
estoy aquí, muriendo asfixiada.
Las flores, negras, envenenadas,
la oscuridad, la luz, no reconozco,
mis alas han sido cortadas,
dejando mi cuerpo inútil y tosco.
¿Es éste el fin? Me pregunto.
No creo, ya no creo nada,
y aunque sea obvio lo presunto,
no creo, ni lo haré, empecinada.
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